Vivir a base de gintonic

Tengo muchas cosas que contaros y no voy a saber por dónde empezar. Lo haría de forma cronológica, pero apenas recuerdo los detalles de los sucesos de cuando llegué a Barcelona.

9 – 28 de junio

Lo más destacable fue que mi amiga Alba, que me alojaba en su casa, casi me asesina cuando se dio cuenta de que había sido demasiado valiente al invitarme a compartir habitación e incluso cama. Esto creó situaciones disparatadas y tensiones y mal rollo, aunque vi muchas tetas –en realidad, las mismas muchas veces– y ambos aprendimos una importante lección acerca de los límites de la amistad y la hospitalidad. Sobre todo ella. Después también aprendí yo algo cuando me comunicó que el pareo que hacía las veces de funda de sofá y que lancé por la ventana sin querer, de forma irrecuperable, cuesta la friolera de 20€.

También es menester subrayar mi regreso a la vida nocturna y social. No estoy muy seguro, pero creo haber salido casi cada día. Los días del Sónar no fueron los únicos que me vieron irme a dormir al alba.

La primera noche del festival pude ver un rato a Roisin Murphy y fui feliz, porque le tenía muchas ganas. Fue un alivio dado que ni siquiera la presencia de mi compañero de fatigas en Disney como apoyo en el punto de información pudo hacer que el trabajo resultase agradable. Como mucho, menos insufrible. Me supo mal haberle involucrado en ello, al pobre, como si de una alegre actividad veraniega cualquiera se tratase.

image9

El segundo día la gente estaba más tranquila, sabían que no se podía comprar tabaco y más o menos pudieron encontrar los escenarios con cierta gracia y soltura. O eso, o no lograron encontrarnos y nos dieron paz. Sí que hubo, no obstante, algunas historias dignas de mención. La primera fueron los desencuentros de una pareja extranjera, probablemente centroeuropeos. Describir todo el arco emocional de uno y otro sería tedioso y frustrante puesto que la historia carece de final feliz y los pobres seguro que ni siquiera se lo pasaron bien en el festival, perdidos como andaban. A él la verdad es que no lo ayudé mucho porque se puso a gritar a los desconocidos y a la infraestructura y lo di por imposible muy pronto. Cuando se hubo marchado y apareció ella buscándolo me arrepentí de no haber hecho más –tampoco es que hubiese mucho que hacer, pero yo soy muy de la culpabilidad. Si fuera cristiano, que menos mal que no lo soy, creo que me daría latigazos por las noches–. Ella era muy simpática, se lo tomó con filosofía al principio y yo intenté tranquilizarla siempre que pude, pero el problema es que acababa de mudarse y no conocía el idioma, no tenía teléfono y no recordaba ni dónde vivía. Luego se derrumbó y fui a rescatarla con palabras tiernas de ánimo y una botella de agua para restituir la que perdió con sus amargas lágrimas. Era todo así de dramático, había hasta borrachos hostigándola sin peligro. Cuando se puso en pie deambuló un poco más y desapareció entre la multitud. Ahora, de pronto, me la he imaginado pidiendo limosna en las calles de Barcelona por no haber podido encontrarlo. Seguro que sólo es mi imaginación crepuscular, preguntándose “¿acaso no deambulamos todos perdidos en este mundo sin sentido?” y en realidad la chica está bien y encontró al muchacho. La desesperanza se me da muy bien.

Luego hubo un grupo de belgas muy majos pero muy cabrones cuya amiga había bebido demasiado y estaba inconsciente, toda tirada en un rincón. Al parecer, los servicios médicos ya habían decretado que no le pasaba nada malo y que necesitaba dormirla y ya, pero los cabrones de los amigos deseaban seguir festejando y no querían quedarse con ella en la enfermería –aquí existe un dilema dado que esto es comprensible hasta cierto punto, pero ahora veréis por qué fueron cabrones–, así que se la habían llevado y habían optado por depositarla en el suelo delante del puesto de información, con la esperanza de que la vigilásemos mientras ellos bailaban. Haciendo caso omiso a nuestra negativa, abandonaron el lugar al grito de “pies para qué os quiero” en su equivalente en francés de Bélgica. Así que al final consiguieron lo que querían, los servicios médicos se la llevaron –confieso que estuve secretamente orgulloso de poder practicar francés con la pobre chica semiinconsciente, hasta el punto de convencerla de encaramarse a la silla de ruedas del médico de 12 años que la asistió– y ellos festejaron, los muy cabrones. Cuando volvieron preguntando por ella les dije que se había marchado a Barcelona toda airada, pero la broma no se sostuvo mucho rato.

El contenido de las cajas de objetos perdidos daría para un artículo en la revista VICE que tampoco sería muy interesante, algunos lo leerían por curiosidad y se sentirían estafados como si hubieran pagado por él, y criticarían la deriva superficial y anodina de los contenidos de la versión en español. Obviamente, yo estaría encantado de formar parte de algo así.

29 de junio creo

En Elche, primera parada de este viaje singular, todo pesa más debido al calor del campo y la vagancia de la tarde. También como más y mejor, y eso causa digestiones más problemáticas. Hoy he ido a la piscina con mi primo artista. Resulta que vive en Valencia y se ha hecho masón, que en la práctica es algo así como un tipo de meditación en el que se mezclan cuerpo, mente y cierto misticismo azuzado por el arquitecto del mundo o la existencia o algo así. Inevitablemente, me he reído un poco de él, pero es buen chico y no le afectan apenas las burlas. También se ha reído cuando hemos comentado sus cambios de metabolismo, ya que era de los que comen lo que quieren sin engordar y siempre se quejaba de extrema delgadez, pero ahora eso ha quedado atrás y tiene mollejas. Es tenaz y afirma que recuperará su figura pronto.

3 de julio

Llego a Benidorm en compañía de un amante de juventud y su hermana. En su momento todo fue muy bonito y muy amor-de-verano-amor-de-meter-mano, pero después la relación se limitó a intentos frustrados de recuperar la chispa y vaivenes y mareos varios. A pesar de tan prometedora receta, nos llevamos sorprendentemente bien y surge una bonita amistad en la que hablamos con franqueza del pasado y el presente. También hay alguna veleidad nostálgica que otra, pero nos pilla viejas y nos limitamos a sonreír lacónicos y beber mojitos mirando al infinito.

image7

En Benidorm también hay otros reencuentros interesantes con amistades, señores difíciles y un entorno que siempre trae muchos recuerdos buenos. Hasta los malos parecen tornarse buenos dada la perspectiva adquirida, y es que con 30 años los dramas de los 18 son una broma. Mi mayor problema durante mi último año de instituto era estar locamente enamoriscado de un joven de 25 años de Madrid con la cabeza afeitada y un deseo oculto de abandonar a los hombres y volver a la fe de sus hermanos testigos de Jehová.

image6

14 de julio

Vuelvo a Inglaterra y la realidad se impone. Me preparo durante varios días para entrar en British Airways. Llego al final del proceso de selección, pero no me cogen. Esto sucede en una jornada muy intensa en la que me tienen metido en un traje y dando tumbos horas y horas de un lado a otro haciendo tests, dramatizaciones con clientas malas, pruebas en grupo y pruebas de agacharte y volverte a agachar que los agachaditos no saben gosar -lo cuál quedaría en mera anécdota de no ser porque esa noche había dormido unas 3 horas en total. El consuelo es que al pasar la fase 1 te regalan un sandwich y una bolsa de patatas. Luego, al borde de la muerte, realicé una entrevista individual con preguntas sencillas que se me antojó insufrible y en la que tan sólo me faltó suplicar que me sacrificasen. Tardé dos días en recuperarme.

image8

Desde entonces me dedico a culebrear por la ciudad y las redes sociales intentando desentrañar el misterio de la existencia. Y acudiendo a entrevistas de trabajo de esas que no entusiasman, pero que de resultar elegido en el proceso tampoco puede uno quejarse, ya es un consuelo.

Siendo esta una ciudad bastante pequeña, no es casual encontrarme con mi ex cada cierto tiempo, aunque hemos logrado soslayarnos y pasar inadvertidos el uno del otro. A pesar de las reminiscencias de comedietas románticas tontorronas la situación no es disparatada, y da bastante bajón esconderse de alguien con quien antes hablabas a diario. La idea es normalizar los encuentros y saludarnos civilizadamente, pero claro, una cosa es encontrarse de cara sin remedio y otra detectar al otro a 15 metros de distancia, dentro de un supermercado al otro lado de la calle. Por tonto que parezca -porque lo es- entrar a propósito a saludar supone sentir que uno se está saltando una norma autoimpuesta, la de no hacer nada que te haga sentir vulnerable. Y en esas andamos haciendo el monguer a nuestra edad.

Por suerte, la vida sigue y fui invitado a una fiesta de cumpleaños en la que hubo Drag Queen y camareros con el culo al aire.

image2 image1

 

Y el mundo marcha

¡Viva el verano!

image10

Anuncios

agosto 11, 2015. Uncategorized. Deja un comentario.