Vida y milagros

Agosto es un mes que siempre he temido y admirado. Se da a balances sobre el estado de la vida de uno, hace calor y te bañas, pero a medida que se acaba piensas en septiembre, en el otoño y en la fugacidad de la existencia. Sobretodo si el calor es sustituido por el huracán Irene, trágicas tormentas y fresquete mediocre de ese que no es frío-frío pero ya ni te bañas ni nada. La Gran Bretaña es así.

Hoy, en el trabajo, me han dicho que si quería ir a pintar la valla de madera de un colegio, que les faltaba gente. Yo he dicho que sí sin tenerlo muy claro, porque aquí los voluntariados y las charities son una constante y cuando oigo hablar de ellos me escaman un poco, porque te lían que no veas. Además, estoy convencido de que son numerosos los que tienen filias con el hecho de ayudar a los demás. Y siempre me acuerdo del chiste este:

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(Molg H.)

Luego me lo he pasado pipa limpiando de telarañas, lijando y pintando de verde la maldita valla, porque he tenido tiempo de pensar en mis cosas y me he sentido tope de útil. Además, el colegio era de niños discapacitados y ninguno se ha reído de mi. Eran todos muy majos. Había uno con rasgos orientales y síndrome de Down que nos ha saludado galante y se ha dado un garbeo con un coche a pedales de puta madre. Había otro que la estaba liando un poco, pero tenía su ejercito de monitoras con aspecto de ex-convictas así muy marciales que le hacían compañía y le han susurrado palabras bonitas al oído para calmarlo. Después ha venido a interesarse por mis artes pictóricas musitando cosas y mirando el bote de pintura con ansia, pero se ha distraído con algo y se ha ido.

En ese momento me ha dado un poco de pena y he pensado que yo sería incapaz de trabajar en un sitio así, porque me echaría a llorar cada dos por tres. Las alemanas de la oficina estaban allí también, lijando como locas y sin guantes ni nada, más acostumbradas al típico frío que te endurece el carácter para siempre. He pensado que ellas sí que harían bien el trabajo y me repudiarían por ser débil, así que tendría que comer solo en las pausas, alguna triste ensalada de pasta demasiado salada a causa de mis lágrimas. En tales victimismos me hallaba regocijándome cuando he oído sonidos guturales. El niño de rasgos orientales los emitía, creo que estaba vomitando porque se ha mareado por columpiarse fuerte, pero no lo he visto. Se ha quedado sentado en el columpio, mirando a la nada, acaso sumido en profundas reflexiones. Luego han venido a asistirle y a comentar sus pensamientos.

Despues de comer macarrones con piña, he dibujado una rana y una libélula en uno de los muros. La líder era una motivada y me ha felicitado por mi detallismo y gusto al combinar colores, aunque sospecho que secretamente habría preferido que emplease el tiempo en dibujar peor e incluir un tercer bicho. De la alemana pálida y con gafas nos hemos reído muchísimo porque ha dibujado un saltamontes del tamaño de un perro pequeño.

Luego nos hemos hecho unas fotos.

Ha sido otro bonito día en este trabajo que a veces parece como ir al cole. Y la verdad es que no me puedo quejar, puesto que el sol ha brillado con ganas en los ratos precisos y creo que hasta he cogido algo de color. El buen tiempo es tan precario que cuando sucede, se celebra por todo lo alto.

Creo que tengo fiebre.

YAY

agosto 13, 2014. Uncategorized. Deja un comentario.