Cuando llega el calor los chinos se enamoran

Veranos que saben a otoño lluvioso y que han de convertirse en norma y costumbre. Punzada de dolor que recibe servidor cada vez que el espesor de una nube crece exponencialmente y le recuerda este dato. Y eso no es lo peor. Lo peor es que quejarse de la meteorología todo el rato es un síntoma irremediable de haber sucumbido al carácter británico -además, sin relacionarme casi nunca con autóctonos.

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No obstante, y lejos de poseer argumentos para el lamento, la vida sigue su curso con vientos y corrientes favorables. A riesgo de parecer pretenciosamente profundo me atreveré a proyectar algo de luz en la sempiterna oscuridad que tradicionalmente ha venido poblando mis perspectivas. Luego si eso ya hablaré de frívolas fruslerías y agridulces chascarrillos.

La ocasión lo merece, y es que he puesto fin a casi seis meses de tormento nocturno. Seis meses que me pasé casi en su totalidad enviando currículos como loco, consciente de que mi salud física y mental dependía de escapar de aquella lúgubre recepción de hotel a la mínima oportunidad que tuviese. Algunas tardes, cuando me despertaba tras una ajetreada noche, me daba cosa ir a la cocina porque podía escuchar al señor que le da clases al hijo, que habla demasiado alto y muy rápido. Ya sé que es su manera de enfocar la educación de un niño con problemas de atención, pero claro, a parte de que no me gusta la gente, no puedo evitar tener la sensación de que su incesante y exagerado parloteo no es más que su forma de soslayar la idea del vacío de la existencia. Supongo que tampoco ayuda si se sienten a repasar geometría de forma que bloquean la nevera y no me dejen acceder al jamón.

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A lo que iba. Que la ocasión la pintan calva. Así que me he ido.

 The Rocky Horror Picture Show (1975)

Sería injusto, no obstante, decir que absolutamente todo fue desagradable. Verdaderos personajes que fácilmente trabarían amistad con Jack Torrance en el inframundo pueblan mis recuerdos, ya antojándoseme lejanos y protagonistas de aventuras del pasado. Eso siempre crea historietas y universos imaginarios la mar de entretenidos.

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Justo antes de volver a la soleada Barcelona por vacaciones -maná, elixir de vida, dormir a pierna suelta- mi jefe escuálido encontró una foto de uno de los recepcionistas en el ordenador de recepción. Se la había hecho él mismo frente a un espejo, teléfono en mano y con el gracioso descuido de no lucir ropa de cintura para arriba. El jefecillo, que es un hombre íntegro y muy marcial pero también bastante hijaputa la dejó en el escritorio para que todos disfrutásemos de sus tetillas de Letonia y su peinado de choni del Este. Esto no tuvo mayores consecuencias, pero no deja de ser curioso que el pobre infeliz me anunciase poco tiempo después que tenía planeado triunfar en el mundo de la moda. Claramente ignorante del significado de aprender de los errores propios me mostró dos instantáneas, esta vez tomadas en un estudio: una en blanco y negro bastante aceptable en la que se le intuía algo de atractivo y otra en color con sombrero vaquero y camisa a cuadros abierta que me recordó a cualquier película para adultos invertidos hecha más allá de Hungría.

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Me entraron ganas de decirle que se acordase de acudir a los castings dilatado de casa, pero me contuve.

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Se le veía ilusionado.

Otras anécdotas incluyen un recepcionista que camina como la Pantoja, huéspedes saudíes que se alimentaban sólo a base de queso “La Vaca que ríe” y una jefa financiera que sorprendió a su marido con una fiesta sorpresa en la que se bebió hasta el agua de los radiadores, tras lo cuál se afanó en hacer el mal, que básicamente consistió en robar los pollos del cátering. Así que no les guardo rencor, por que fueron majos hasta decir basta y me dieron vacaciones aún sabiendo que me iba. Pero tuve que salir corriendo.

Y ¿a dónde? os preguntaréis los ávidos de información y los saturados de tanto circunloquio. Pues a Disney, claro que sí. Y no, no a una tienda ni a Disneyland París. A Disney Interactive Studios. Oficinas con sillas, ordenadores, teléfonos, ciudadanos de la Unión Europea, videoconsolas y luz del día. Cuando volví a casa después del primer día, muerto de sueño del jetlags, no se me ocurrió otra cosa que actualizar mi linkedin para que a todos mis contactos les enviasen el mail de congratulate Jordi. Esto que de entrada puede parecer una actitud reprobable y muy atribuible a un gilipollas de mierda -de hecho lo es- no era más que un pequeño reflejo de las lágrimas de alegría que inundaban mis ojos y salaban mis mejillas ante la novedad de tener un trabajo duradero que no me avergonzase admitir ante hipsters con prejuicios y ex-compañeros de clase realizados en profesiones liberales variadas. Y que la actividad, cimentada sobre varias horas de sesiones para romper el hielo (la cursiva denota que es una cita literal extraída del horario oficial) es maravillosa.

 

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Se intuye pues que la ausencia de verano no supone, contra todo pronóstico, una desgracia similar a las siete plagas bíblicas si se tiene un trabajo estable. O si se tiene la opción de pasar las tardes y noches lluviosas en cama junto a un mocetón de presencia también estable.

P.D. Me ha quedado un poco sosillo. A ver si con esto lo adorno guay (sin audio se entiende perfectamente y da menos vergüenza ajena).

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julio 13, 2014. Uncategorized.

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