Amor de primavera, para tocar mi naris en tu pesera

Cuenta la leyenda que en este país las mascotas están mejor consideradas que los hijos. Y es cierto, a no ser que sean gatos. Los ingleses están tan enamorados de los perros que desarrollan una relación de amor/odio con los gatos muy parecida a la que tendría el español medio con una vecina envidiosa, debido al carácter de mierda de los felinos que sólo encuentra rival en la hipócrita ironía británica. Supongo que con todo el tema de los michos contagiando la tuberculosis a sus dueños esta tendencia ha empeorado. Yo, por lo pronto, ya no me acerco tan amigablemente a intentar tocarlos mientras huyen, me ningunean o intentan agredirme. Les lanzo improperios desde lejos.

Me duele todo el cuerpo, incluso músculos de los que sólo me acuerdo una vez al año. Me sucede cada semana que vuelvo al gimnasio, semana que siempre me cuesta más que la anterior. Además ahora la presión es mucho mayor, porque el noviete este que me encontré -lo sé, ¡aún no me ha dejado!- es de riguroso ejercicio diario y eso siempre anima a cincelarse un poco o al menos a fingir que te importa. Pero claro, siempre hay que pararse a valorar si uno desea extrema delgadez y que le siente la ropa bien, a costa de tener carnes colganderas, o convertirse en un cruce entre mazorco y croissant y sacrificar la eternamente postergada pasión por la moda -primero por ser pobre, luego por ser fea, luego por descubrir que tienes un pésimo gusto para la indumentaria. Dramas y dilemas de la supervivencia diaria.

Al final, con cualquier cosa se es feliz. El italiano M hizo de las suyas y acudió a una de nuestras últimas citas con un creativo atuendo a medio camino entre el huérfano Oliver Twist y el obrero de los Village People. Cuando la vida te golpea con semejantes vicisitudes es inevitable preguntarse “¿para qué estamos en este mundo?” y terminar avergonzándote de tu propia frivolidad. Total, para abrir un poco más la mente si cabe y cogerle cariño a su originalidad y su indiferencia ante el qué dirán -no es eufemismo, creo.

En el trabajo estoy hasta contento a ratos. Mi supervisor lleva unos días diciéndome que tiene planeado amputarse el dedo meñique de la mano izquierda. Por lo visto se lo pilló en una ventana de guillotina hace unos meses y se lo tuvieron que arreglar con una placa metálica que lo enderezase, que sin embargo no consiguió devolverle la movilidad. Como el hombre es puro nervio y no para -el otro día me dijo que iba a incluir en el turno de noche la tarea de pasar el mocho por el bar del hotel, pero luego se arrepintió cuando vio que ni se notaría el cambio y que además tendría que lidiar con mi oscura frialdad si se atrevía-, se volvió a pillar el pobre dedito con la puerta del coche o con otra ventana de guillotina -no era la misma porque a la primera la sacrificaron después del incidente. El apéndice ya sólo quiere que acaben con su sufrimiento, claro, y él empatiza con su dedito. Pero de momento aún lo conserva.

Mi estupor inicial ante estas peripecias, lejos de desvanecerse, no hace más que consolidar la imagen de tío raro que tengo de él. Pero insisto en lo de que se le coge cariño, a pesar de todo. El caso es que últimamente ha ido desapareciendo dinero de la caja fuerte para volver a aparecer misteriosamente. Y volver a desaparecer. Nadie sabe qué demonios está pasando, y si lo saben callan como cobardes. El problema es que ahora todos desconfían de todos y la pobre jefa de recepción, que para más inri es nueva, se siente responsable y se sonroja y titubea entre aspavientos todo el rato cuando le comentas cualquier suceso. El jefe de noches, mi mánayer, sin embargo, hace gala de un admirable temple y se dedica a barajar hipótesis con nocturnidad, sin exculpar a nadie -excepto a mi- pero negándose a acusar hasta que no consiga pruebas. Esto que podría llevarme a la desesperación y a asaltar la nevera de vino del bar ha conseguido que me contagie del entusiasmo detectivesco y aventurero. Enid Blyton puede que haya tenido algo que ver también. Es cierto que probablemente no lleguemos a ninguna parte y el delincuente en cuestión no reciba su merecido castigo, pero no negaré que me divierten las pesquisas de madrugada. De momento los sospechosos son la jefa que titubea, un supervisor letón que odia a la jefa y su trabajo y se quiere ir a otro lado (¿venganza? ¿sabotaje?) y una supervisora perversa que a mi me ríe las gracias pero que parece disfrutar secretamente de humillar a los demás. ¿Qué haría Miss Marple? -me pregunto angustiado.

La inevitable conclusión es que todos los ingleses, sin excepción, están para que los aten. A los incrédulos los remitiré a una maravillosa noticia que he encontrado publicada esta mañana en un pintoresco diario local:

A mayor braved 1.000 degree temperatures to walk barefoot over red-hot coals. Mayor of Brighton and Hove Denise Cobb was first to set foot on the sizzling embers in support of the RSPCA Brighton and dog charity Helping Paws. An impressive £13,000 was raised to help abandoned and neglected dogs in Portugal and re-homed in England. Some 68 people bravely took part in the firewalk at Brighton.” Portada de Leader.

Sí, la alcaldesa de Brighton ha caminado sobre brasas encendidas para salvar a los perretes portugueses.

Juanete a la brasa

“Aieeeeh!”

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abril 25, 2014. Uncategorized.

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