Fresh Bananas

¡Se acabó lo que se daba! Quedan pocos días para la clausura del último negocio que he ayudado a hundir, y el ambiente se llena últimamente de emociones a flor de piel, pasiones desatadas, sentimientos encontrados y clientas carroñeras ávidas de oportunidades del hogar. Supongo que aún es pronto para llorar, pero no para empezar a abandonar el barco como ratas enfurecidas. La irlandesa mala gritaba de alegría hace poco para que todos la oyéramos cuando la llamaron para ofrecerle trabajo no sé dónde. Los demás cuchicheamos en plan bitches sobre este y otros menesteres. Hace poco nos enteramos de que podría haber sido una superestrella del baloncesto femenino si sus padres no se hubieran negado a aceptar la beca que la habría llevado a estudiar y jugar en los USA; el conflicto generacional nunca ha sido superado y la moza, acaso por venganza, frustración o por ambos, se vio inmersa en una vorágine de fracaso escolar y alcohol barato.

Sin embargo, la palma se la llevó el suceso acaecido precisamente el día antes de mi despedida. Veréis. Hacía cerca de una semana que dos gañanes de una empresa de trabajo temporal empezaron a trabajar en la tienda. A diario, estos muchachos hijos de padres de la misma sangre se afanaban en montar muebles y limpiar los detritos del lugar, sin mayor problema que sus rostros desfigurados por la crueldad de la genética y el acre olor a ingle que inundaba la sala de descanso del personal. Tanta tranquilidad no era sinó un aviso de la inminencia de la catástrofe.

El caso es que el jueves -la maldad nunca descansa en jueves- la jefa, los deputies y la supervisor se fueron a hacer un cursillo de formación en búsqueda de empleo, ofertado por la empresa como compensación por mandarnos a la puta calle -yo tenía derecho al mismo hasta que encontré trabajo y dejaron de considerarme una víctima- y nos dejaron al cargo a mi y a un señor con gran vida interior que escribe en fanzines musicales y se edita sus propias novelas. Los demás eran todos bastante nuevos en la empresa o producto de la siempre sórdida endogamia, excepto una fémina que vino desde otra tienda del mismo grupo como refuerzo.

En el momento en que el escritor se tomó la pausa para comer, la tienda se llenó de clientes y proveedores de servicios, coyuntura que aprovechó uno de los temporales para apropiarse de las llaves del coche y una tarjeta de crédito de la bella joven que estaba de paso y largarse echando leches. Minutos después varios policías que parecían salidos de una película porno gay se lo llevaban esposado de la tienda, a la que volvió en un intento de hacerse el longuis y alejar la sospecha de su persona. Más tarde me enteré de que tenía antecedentes por allanamiento de moradas. También se ve que se estaba dejando crecer el pelo para venderlo a un fabricante de pelucas.

Pero estas anécdotas ya forman parte del pasado. De momento he hecho tres entrevistas de trabajo en busca de una vida mejor: la primera para el Pull&Bear de aquí, que lo acaban de abrir y nadie lo conoce excepto los españoles así que de momento es una tienducha ambiciosa toda decorada con troncos y leña, muy rústico todo. No trabajaré allí, pero al menos me compré mis primeros pitillos -ya era hora. Una francesa muy cordial y una española que parecía Elsa Pataky con sobredosis me asaetearon a preguntas que respondí con demasiado nervio y franqueza tal vez. Total para me descartaran con palabras del tipo supersuccessful y we loved you y una explicación ante tal antítesis que se perdió en la traducción -curiosamente, escuchada de la boca de la española y su acentaco macarrónico.

También tuve otra en una especie de almacenes medianos que desde fuera parecen una charity pobre, pero cuando entras descubres que son como unos ultramarinos con ropa, de tantas cosas que venden -mi tienda es como un ultramarinos con muebles. Me han entrevistado hoy en un Pub que se llama HOTEL DEL VINO, en una sala enorme con una técnica de recursos humanos en cada uno de los cuatro rincones oculta por un biombo. A la mía le he hecho unos cuantas bromas pero no se ha reído. La francesa sí que me las reía, la española no.

La última ha sido en un hotel del dique comercial del pueblo, llamado Marina. Por lo visto soy el nuevo portero de noche del lugar. Adiós, sol. Esto lo encontré a través de otro polaco trepador de los que abundan en la zona, que al principio parecía algo rarete pero luego fuimos a un McDonalds para celebrarlo y mostró algo más de sangre. La verdad es que me da un poco de miedo todo el asunto de acostumbrarme a dormir de día, pero el sueldo y las horas valen la pena. El problema será dormir con la familia entera pululando por la casa a cualquier hora haciendo ruidos y profiriendo grititos.

A la madre la tengo en gran estima, especialmente tras comprobar lo rompecorazones que es y lo atractivos que son los maromos que han pasado por su vida. Todavía tenemos conversaciones de tú a tú en plan amigas algunas noches, aunque me sigue tocando la moral que me robe la leche como si nada.

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enero 19, 2014. Actualitat, Uncategorized, Vintás. Deja un comentario.