Esa cosa que tienes en la mano / es mi pilila, es mi pilila / esa cosa que tienes en la boca / es mi pilila, es mi pilila

Ya he vuelto al hogar.

Cuando mi jefa de 1’90m me reprendió dulcemente por mi constante falta de puntualidad un escalofrío me recorrió la espalda. Un gesto tan simple me ensombreció la mañana y me recordó, una vez más, que por vano y subsidiario que pueda ser un trabajo no puede uno confiarse y creerse por encima. Por desgracia, la humildad es mucho más fácil de comprender en la teoría que de aplicar. Yo asentí mientras me sonrojaba y abandoné la oficina como alma que lleva el diablo, consciente de que mi cabeza, que seguía en Sitges, no me fue de mucha ayuda a la hora de dar a esta empresa el valor que tiene.

Y es que me han sucedido muchas cosas, a mí, que ya me veía aletargado entre los muebles, los utensilios de cocina y las decoraciones navideñas que gestiono, por no mencionar las ganas de pasar el rato bajo techo y a salvo de los chubascos que asolan la Gran Bretaña y mis esperanzas. Por lo pronto, en Sitges me enamoré unas cuantas veces, aunque de ellas sólo tres sirven para destacar en un diario íntimo o un blog aún más íntimo, sin llegar -desafortunadamente- a los niveles creativos y de experiencia de michochosinti. Y es que ninguno de esos tres romances en potencia llegó a convertirse en nada más, abocados al fracaso como estuvieron desde el principio.

Vamos, que entre las miradas llenas de confusos deseos, los zarandeos tocones y los besos furtivos con sabor a gintonic anula-voluntades huelga decir que, como de costumbre, la coyuntura prometía mucho más de lo que terminó sucediendo. Y en el fondo se agradece, porque eso de que te conozcan por yacer con invitados o destruir hogares sólidos te deja un regusto en la boca bien agridulce. Por lo que respecta a lo profesional, me encantó mi trabajo, pero fui consciente de que no representa un reto demasiado grande. El año que viene igual intento mear más alto y todo. Al menos conocí a Terry Gilliam y a Carlos Areces -analogías varias se podrían hacer aquí.

No obstante, ahora me toca hacer como si nada hubiera pasado y volver a la rutina y a la ingratitud de los hombres británicos, que ya casi se me habían olvidado. Bueno, de los hombres y de las mujeres. A mi regreso, la casera seguía en Serbia de aventuras, pero sólamente habiéndose llevado consigo al hijo pequeño. La adolescente permanecía aquí, con el añadido de sus vacaciones sacadas de la manga, con lo cuál se dedicó a montar parties ruidosas con sus amigos. La odié un poco cuando me informó de todo esto, algo arrogante y en absoluto buscando mi permiso. Me limité a mirarla con condescendencia y asegurarle que no pasaba nada, aunque no me hace ni puta gracia si tengo que trabajar al día siguiente.

Pero bueno, un grupo de quinceañeros tardíos que se emborrachan y me miran con miedo no representan mayor peligro, sobretodo cuando al final resulta que son un poco losers. La noche que más prometía desparrame y policías aporreando la puerta terminó deviniendo en calma chicha. Cuando subí a la cocina a hacerme un nesquik me los encontré a todos allí, en plan marabunta. Oliendo a sobaca mora y preparándose unas aburridas tacitas de té.

En el fondo les envidio, porque al menos ellos festejan y ya es más de lo que hago yo. No es que no planee cosas, que ya planeo, pero por algún motivo los planes más seductores se me tumban muy fácilmente, varias veces además. Hoy íbamos a ver pelis de John Waters unos del trabajo y yo, la supervisor y el deputy manager; yo ya casi lloraba de la emoción. Pero luego ha llamado otra del curro que se ve que tiene problemas y necesitaba cariños de mi deputy, que son bestfriendsforever.

No me sorprende, porque la mujer es así oscura y se ríe todo el rato y eso siempre es síntoma de ocultar lo malo tras una fachada de euforia desmedida constante -lo he leído en la Psychologies que guarda mi casera en el WC. La mujer irlandesa a la que no estiman demasiado me ha dicho que se ve que le gusta empinar el codo. Me ha dicho más cosas pero no he entendido nada, como de costumbre.

Por lo menos, el sábado siguiente hubo festejo de Halloween y de cumpleaños de uno del trabajo, que me honró invitándome. Yo le honré a él disfrazándome de yo pariéndome a mí mismo, que es un conjunto efectivo y no implica vestirse demasiado mal, a la par que te permite ligar y eso, por la normalidad aparente y porque siempre da que hablar.

Con desconocida cualquiera con copa de vino / me vale

El milagro de la vida

Al final hablé con muchos desconocidos a los que he olvidado ya, incluídas unas chicas que me pegaron y yo les pegué a ellas. Y poco más.


La vida continúa, que ya es mucho.

noviembre 12, 2013. Uncategorized. Deja un comentario.