Después de un amor ingrato, me meto el dedo en el chocho y lo dejo ahí un rato

Hace más de dos semanas que me mudé a un lugar nuevo. Con muchas ventajas, como vivir lejos de mi hermana y así quererla más. Es una casa de tres plantas dividida en varios apartamentos. Mi casera, sus dos hijos adolescentes y yo ocupamos la planta baja y el sótano, pero esto, al contrario de lo que pudiera parecer, no supone un drama en absoluto. Por lo pronto tenemos todo el jardín para nosotros, para una tortuga de 15 cm de largo y para una perreta de tres patas que responde al nombre de Molly. Y un montón de arañas supersimpáticas de patas finas y largas que pueblan el jardín y se deshacen de bichos intrusos sin molestar a nadie.

La señora casera me alquila una habitación la mar de maja, grande y luminosa. Me ha asegurado que esto último se debe a una pintura especial que refleja la luz de forma que blablabla. Aún no le he puesto pósters pero estoy haciendo acopio de revistas VICE y demás para crear bonitas láminas pop. Ya se me ocurrirá algo para la decoración, más bien escasa.

La casera es una mujer de la edad de mis padres, moderna como ellos, divorciada y con dos hijos (nene y nena). Se dedica al mundo de la peluquería y la asistencia a domicilio, aunque numerosos detalles me hacen sospechar que su juventud debió resultar de todo menos apacible. Por lo visto, estuvo metida en el audiovisual y trabajó en videoclips de los Rolling Stones. Luego tuvo hijos y dejó de lado la vida disipada de la gran ciudad para trasladarse a esta suerte de Londres-sur-mer/Benidorm-con-hipsters, donde dejó de asistir a fiestas ataviada con shorts de cuero y sostenes pintados con caucho -esto no me lo he inventado yo, que me ha enseñado fotos- para ejercer de madre. Es pues una mujer sencilla pero con gran personalidad y un aspecto que recuerda a la sensualidad madura de Susan Sarandon.

En numerosas tardes nos encontramos en la cocina y me cuenta sus vicisitudes. Trabaja de sol a sol, dirige el hogar y educa a sus nenes, pero no puedo decir que se aburra en su vida de ama de casa. En este momento se encuentra en transición entre dos hombres. Se ve que lo iba a dejar todo por un señor de la capital, pero la distancia y el tiempo desgastaron la relación hasta tal punto que empezó a no verle remedio al percal ni sentido a tanto sacrificio. En un momento tan propicio la atacó por sorpresa un amor de juventud, de orígen serbio para más señas, que la encontró a través del Facebook, el mail o algo más o menos así de peliculero. Y ahora los dos están viviendo una segunda adolescencia llena de amor y lujuria con sensatez, de pasiones desatadas y reflexión consciente acerca del futuro que les espera. Y es complicado, porque el hombre este de los balcanes -cuyo nombre recuerdo porque es algo así como queso en gallego- quiere volver a Belgrado o alguna otra ciudad gris de la vieja Europa, pero pretende llevarse a mi casera y a los chiquillos con él. Ella ha decidido pensárselo un tiempo antes de hacer nada demasiado drástico, aunque el brillo en sus ojos cuando habla de esto la delata: se muere de ganas de sucumbir.

La hija mayor, cómo no, se ha dado prisa en oponerse tajantemente, la muy inconsciente. A pesar de ser madura y un rato centrada -hablamos de una loca de los cómics que va a estudiar literatura y cuyo novio adolescente tiene el beneplácito materno para pernoctar en el hogar y todo- es aún demasiado joven para darse cuenta, o eso parece, de que hay todo un mundo ahí afuera más allá de su instituto y el pueblo este grande lleno de cultura. Que yo la comprendo, puesto que una experiencia así, que te marca muchísimo y la acabas valorando como una gran oportunidad para abrir tu mente, no la valoras como tal hasta que no han pasado unos cuantos años y lo sabes ver en perspectiva. Más o menos como yo ahora con mis vicisitudes y mis quisicosas; porque por mucho que ya lo sepa, aún tardaré en ser realmente consciente de lo positivo que es este cambio.

Pelos largos uñas largas tetas gordas

El niño pequeño creo que no sabe nada. Al parecer, padece algún tipo de discapacidad a caballo entre el autismo, el Asperger y otros síndromes igual de entretenidos, pero la realidad es que se limita a actuar de forma algo más infantil de lo que le correspondería y nada más. Supongo que habrá muchas más complicaciones, pero yo me limito a saludarle y a alabar su recién descubierta pasión por la música disco, con lo cual no lo sufro tanto como su madre -salvo los días de lluvia que se meten en el salón a bailar al son del YMCA, el We are family y muchos otros grandes éxitos Disco de ayer y hoy, porque retumba un poco-.

Pero vamos, que en general son felices y algo de eso se me pegará. Hace dos noches llegué a casa y me encontré a la madre tomando vinos y fumando en la cocina con una amiga de la adolescencia, ambas con las mejillas rosadas y hablando de hombres. Como yo había tenido mi ración de sidras, me senté encantado con ellas a cenar algo y parlotear un ratín antes de dormir. Fue ahí cuando me confesó lo contenta que estaba conmigo y lo mucho que sentía que habíamos conectado, en plan amigas. No me importó que fuera el entusiasmo del vino el que hablaba por ella, puesto que yo me fui a la cama con mi merecida sensación de calidez. Y con la impresión de que esta vez no tardaría tanto en adaptarme a mi nuevo hogar.

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septiembre 23, 2013. Uncategorized.

One Comment

  1. Vickyficación replied:

    Me encanta el post, pero las abuelas en la montaña rusa están a un pelo de eclipsarlo!!!!

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