En lo alto vive, en lo alto mora. En lo alto teje la tejedora.

Anteayer camino del trabajo tuve un encuentro la mar de extraño. Ahora en realidad no me lo parece tanto, pero en el momento me quedó una sensación de ignominia recorriéndome el cuerpo que me tuvo sacando conclusiones al respecto durante toda la mañana.

Pero pongámonos en antecedentes. Nada más puse un pie en Inglaterra me prometí a mí mismo que, pasara lo que pasara, no llevaría a cabo ningún tipo de estrategia para conocer a gente nueva que no implicase contacto real y genuino. Esto es, amistades y romances no podrían empezar de forma virtual en redes sociales para invertidos. Ni que decir tiene que toda mi estirpe ha sido deshonrada, puesto que no aguanté ni dos semanas en traicionarme y romper este noble propósito propio de gente madura y gozosa de salud mental. El caso es que fui haciendo el monguer de forma sorprendentemente sabia, conociendo a gentes que valían mucho la pena y teniéndolos como amiguetes recurrentes para un paseo en bici, unos copazos nocturnos o sesiones de pasta, vino y TV. Hasta aquí todo bien.

Hay gente que ha nacido para complicarse la vida. No me refiero a aquellos que acostumbran a verse metidos en situaciones disparatadas debido a su bravura y a su ánimo de experimentar aventuras a toda costa, puesto que estos lo hacen encantados y muy conscientes de que se ríen de los peligros, todo con tal de vivir intensamente y seguir pasándoselo teta. Nah. Yo hablo de todas esas personas del montón cuyas preocupaciones vienen determinadas por su nivel de satisfacción en otras materias, lo que viene siendo la pirámide de Maslow de toda la vida: si no es absolutamente necesario, no se van a meter en líos. Hasta que no se aseguren de que van a comer caliente el resto de la semana seguramente no se planteen ir a a la peluquería a hacerse unas mechas. El problema sobreviene cuando te decepciona el resultado: las mechas no te sientan tan bien como a las supermodelos debido a tu difícil estructura ósea, y tu pelo está muy castigado como para intentar arreglarlo con otro tinte. Te toca llorar ante el espejo o raparte y llorar ante el espejo. En ese momento, con las lágrimas irritando tus mejillas, colándose amargamente entre tus labios junto a algún moco furtivo producto del llanto y arruinándote tu ya de por sí ruinoso maquillaje, piensas en la época en que no tenías nada de comer y te das cuenta de lo feliz que eras cuando no te rendías a los dictados de la moda y podías ser tú misma. Pobre y hambrienta, fea pero limpia. Y con Internet, que es la base de la pirámide. ¿Por qué no pudiste conformarte con lo básico?

Pero ¿por qué?

¿Por qué? ¿Por qué?

Así es como me las prometía yo muy felices ante el bonito despliegue de poder adquisitivo y limitado tiempo libre al que me someten mis nuevos trabajos en la zona. ¡Cuanta felicidad! -pensaba yo, iluso de mi, olvidando que las necesidades cubiertas traen otras nuevas; a rey muerto, a rey puesto. Así que ni corto ni perezoso se me ocurrió quedar, como quien no quiere la cosa, con otro mozo de esos nocturnos, medio italiano, para más señas. Con la idea de “tomar algo y si eso cenar”. Cuando me marchaba de su casa 23 horas después, bajo la llovizna y con la impresión de haberme excedido en la compañía hasta el hartazgo, ya intuí que aquello no seguiría un camino espontáneo y feliz.

Este oscuro pensamiento se reveló premonitorio al día siguiente, cuando mi frívola amistad con el polaco de los dientes rotos me satisfizo poco o nada durante una accidentada velada en una fiesta. Tan sólo destacaré que me escapé mientras todos dormían, reafirmándome una y otra vez en mi intención de no volver a acercarme al vodka mientras viva.

Ignoro si son actos del todo aislados o, efectivamente, la suma de ambos colmó mi paciencia. Pero tras sobrevivir a tan ajetreado fin de semana comencé a preguntarme cuándo cobrarían todos mis actos algo de sentido y relevancia. Es divertido hacer el tonto durante un tiempo, incluso durante varios lustros, pero debo admitir que me cansa que nada parezca conllevar verdaderas consecuencias. Y esa es una preocupación que antes no tenía, para bien o para mal.

Dejando un poco de lado la angustia existencial y demás fruslerías, retomo la narración. Pedaleaba yo en dirección al centro de Brighton por London Road, pensando en musarañas y otros mustélidos mientras, como decía, me dirigía al trabajo. Era otro puto día gris y los taxistas y conductores de autobús ejercían a la perfección su papel de villanos asesinos de ciclistas. Entonces vi que alguien me saludaba desde la acera. El medio italiano. Aminoré y me acerqué a saludarlo con cierto recelo, típica reacción de amantes pasajeros. Una rápida ojeada me hizo desconfiar aún más de él, pues presentaba todos los ingredientes para que intuyese que le había pasado un camión por encima o que había dormido vestido -si es que había dormido- : ojos rojos y cansados, en un rostro demacrado al que tan sólo le faltaba un herpes que probablemente le salió pocos minutos después, ropa desaliñada y mal combinada y un paquete de café en las manos. Me observó como observa el malo de las series al bueno al que creía muerto, puesto que él mismo lo mandó asesinar. Debió figurarse que tan dantesca imagen merecería una explicación, e intentó balbucearla, pero no logré descifrarla, ocupado como estaba en fijarme de nuevo en la anodina dentadura que tan poco me había impresionado cuando lo conocí. Tras proferir una o dos veleidades más conseguimos despedirnos de forma amigable y proseguir con nuestras rutas.

Fue entonces cuando me asaltaron los sentimientos encontrados y la angustia existencial de forma un poco más explícita. No es que me haya convertido en una mujer vieja de repente, pero a veces me pregunto si de verdad tengo edad como para meterme en esta clase de persecuciones sentimentales y amistosas, en las que todos los implicados terminan sintiéndose gilipollas porque nadie es capaz de comportarse de forma despreocupada tras haber pasado por cama. O precisamente porque al no pasar por cama, como con el polaco tonto, la tensión se acumula. Vamos, que estaba más tranquilo como ente superficial tumbado al sol.

Y volveré a estarlo pronto. A pesar de que no vaya a volver a ver el sol hasta mayo del 2014.


El título no es casual. De repente, le tengo mucho cariño a nuestras amigas, las arañas. ¡Otro día explicaré por qué!

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septiembre 14, 2013. Uncategorized, Vintás.

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